Pulianas: Los siete sellos parte II

14/9/2017

 

Antes de que Edwin, Elías y las fuerzas militares enfrentadas al Cisma alcanzaran la población de Pulianas, Alfa y Omega había reunido en cuarentena a la población, prometiéndoles seguridad ante los sucesos que empezaban a ocurrir. Los repudiados ya habían sido vistos por lo que la mayoría de la gente pensó que refugiarse era lo mejor. Durante una larga espera en la que esperaban a ser evacuados, contemplaron como soldados de Alfa y Omega capturaban repudiados y se los llevaban a sus laboratorios para experimentar. El Dr. Z estaba al cargo de la investigación.

 

Tras varias horas, los helicópteros no llegaban y la espera se hacía interminable. La gente ya estaba bastante nerviosa cuando una transmisión interrumpió la ya repetitiva grabación esperanzadora de Alfa y Omega.

 

"Atención, Atención. Este es un mensaje de las Naciones Unidas.  #$%& y Omega nos ha traicionado. Repito, Alfa y Omega nos ha traicionado. No hagan caso de los soldados @$%$%¿vacúen inmediatamente las instalaciones. Este es un mensaje de las Naciones Uni·$%&%&·$%&@#$%$--------- . . ."

 

La gente empezó a crisparse, momento en que Edwin, Elías y los militares irrumpieron en el campamento. El Dr. Z los recibió, pero fue interrumpido por Seemax, quien emergió de entre las sombras. Edwin traía consigo una misteriosa caja de madera. Seemax sabía perfectamente qué se ocultaba en ella: el Sello del Hambre; y no dejaría que se fueran de allí con él. En una elaborada artimaña, Barakus, quien fue nombrado recientemente comandante de las fuerzas de Alfa y Omega tras el abandono de dicho cargo por parte de Dras, capturó a Elías y realizó un intercambio: La vida de Elías por la caja.

 

Edwin se vio forzado a entregarla, ya que era consciente de que la vida de algunas personas bien valía una pequeña derrota, pues varios eran los sellos que quedaban por encontrar y Elías prometía un futuro esperanzador para sus seguidores.

 

Fue en ese momento en que el Dr. Z expresó su deseo de obtener el Sello para continuar con sus investigaciones. Seemax, ni corto ni perezoso, tomándose aquel atrevimiento como un ataque personal y a sabiendas de lo que hacía, le entregó al Doctor su ansiado sello, obligándolo a ponérselo en el dedo.

 

Comenzó a convulsionar tras alaridos de terrible dolor. Durante varios segundos continuó así hasta que cayó al suelo inmóvil. Los repudiados que tenían encerrados en una jaula empezaron a agitarse y, justo entonces, sonó una explosión. El ex-comandante Dras había reunido a un batallón y asaltó el campamento para liberar a los refugiados que ahora se encontraban prisioneros. Por desgracia, todo el ruido y la agitación que les produjo el Sello, hizo a los repudiados romper los barrotes de la jaula en la que se hallaban. Fue un caos absoluto en el que la gente intentaba escapar mientras los repudiados se daban un festín.

 

María del Rosario, en la base del Cisma, organizaba la expedición para buscar 2 de los 5 sellos restantes, los necesarios para despertar a los Heraldos de la Guerra y de la Victoria, pues se hallaban en Pulianas.

 

Durante la noche, muchos refugiados que se dejaron seducir por el Cisma, hicieron rituales y peligrosas hazañas para obtener los sellos de la Guerra y la Victoria.

 

Dras había reunido a las tropas enfrentadas al Cisma y a Alfa y Omega, liderando como Comandante de nuevo, pero esta vez tras un estandarte de esperanza. El Ejército de Liberación. Capturaron a Seemax y se prepararon para trasladarlo a una celda, donde se le concedería un juicio por sus acciones. Sin embargo Seemax había conseguido en Yátova el sello de la muerte y ya tenía en su piel la marca que le concedería protección frente a la posesión de un Heraldo. Fue así como decidió poner en su dedo el Sello para dejar paso a Muerte. Cayó al suelo tras convulsiones y se volvió a levantar con un semblante mucho más oscuro. Los soldados le apuntaban con sus armas, pero tomaron un espacio de precaución. Para su desgracia, el Heraldo de la Muerte estaba allí presente y se manifestó con una funesta y ténebre voz y sólo una palabra dijo.

 

“Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: "Ven".
Miré, y vi un caballo bayo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.”​

 

 - Ven - dijo, y con un simple gesto de su mano mató a uno de los soldados que le rodeaban. Los demás comenzaron a disparar, pretendiendo acabar con su vida, pero el Heraldo era más poderoso que las balas. Un grito estremecedor salió de su interior y cientos de repudiados acudieron al lugar, matando a la mayoría de los soldados y obligando a los demás a abandonar el lugar. Muerte había aparecido, pero cuando la situación se calmó, el Heraldo se desplomó. Seemax volvió a tener el control de su cuerpo, y aunque no tenía la totalidad del poder del Heraldo que en él residía, podía conservar su raciocinio.


Mientras tanto, Edwin encontró un amuleto que podría salvar la vida a alguien que fuese afectado por la posesión de un repudiado. Lo guardó pues podría ser de utilidad más adelante.


Los acólitos que ayudaron al Cisma, se enfrentaron al ritual de la muerte, el silencio de las velas que portaron hacia María del Rosario, continuó toda la noche para los que no llegaron con su vela encendida. Todos murieron menos el primero. Los demás siguieron a este campeón como almas en pena. 


El Padre Elías se los encontró al terminar el ritual, y estos lo engañaron para que les ayudara a reunirse con Isaac Merino, pues él conocía la localización de los otros dos sellos. mientras se dirigían ahí, las almas en pena, antiguos acólitos que protegían a su campeón, aullaban con un grito que hiela la sangre para que incluso los Repudiados se acobardaran y dejaran pasar libremente.

 

Cuando se reunieron con Isaac Merino todo parecía esperanzador para Elías, pues habían conseguido dos sellos necesarios para que el Cisma completara su tan esperado Apocalipsis. Sin embargo, no se vio venir la traición de Isaac Merino, quien robó los sellos y se marchó junto con el campeón y las almas en pena, dejando a la población de Pulianas a merced de los repudiados. Elías pudo abandonar con vida gracias a la intervención del Comandante Dras y el Ejército de Liberación.
 

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