Alcalá la Real: Guerra parte I

23/9/2017

 

Iban uniformados de negro los soldados que patrullaban por las calles de Alcalá la Real el 25 de marzo. Alfa y Omega y el Cisma habían hecho una alianza para realizar la purga del planeta y crear un nuevo mundo del que sólo los más válidos formarían parte. Allí establecieron su base, pues tenían nociones de lo que surgiría en esa ciudad.

 

Nesa, quien antes perteneció al Concilio del Silencio, era una sacerdotisa con poderes de videncia. Oscuras imágenes inundaron su mente y no podía sino ver horrendas y deformes criaturas allá donde mirase. El Cisma le otorgó la cura a este mal. Arrancaron sus ojos para que sus visiones no fueran enturbiadas con las imágenes de lo mundano que la rodeaba. Fue entonces cuando lo vio todo claro: el Heraldo de la Guerra estaba despertando y esperaba un enfrentamiento.

 

Fue así como el Cisma hizo llegar el mensaje de que se ocultaban en la Fortaleza de la Mota y que tenían allí el quinto sello: el testimonio de las almas perdidas.

 

El mensaje llegó a miembros del Concilio y del Ejército de liberación como era esperado. Edwin y Elías se infiltraron en la fortaleza, pues sus vigilantes eran pocos y estaban bastante mal distribuidos.

 

Dras había movilizado a sus tropas para asaltar en cuanto llegara el momento, pero antes tenían que saber dónde ocultaban el sello.

 

Vieron a una figura vestida de rojo caminar junto a su inseparable escolta. María del Rosario se hallaba ahí y traía algo en sus manos. Fue entonces cuando Nesa recogió la caja de madera en la que se guardaba el quinto sello. Al tocarlo, las Almas perdidas inundaron la mente de Nesa y se pronunciaron a través de su voz, con un tono de ultratumba:

 

Éste es el testimonio de quienes dejamos atrás el mundo mortal tiempo ha, y en eterna vigilia aguardamos el momento en que se abrirán las puertas del nuevo reino.

 

La senda de la destrucción sigue un trazado marcado por el mismo caos que siembra. El éxito de quienes la caminan irá unido a la victoria o la derrota del Portador del Conflicto, pero será en las manos de los débiles donde descansará la decisión final.

 

Todo quedó en silencio durante unos segundos. Edwin y Elías fueron a escabullirse cuando Nesa, aún en trance, les señaló con el dedo. Todos dirigieron sus miradas a los dos fugitivos y los soldados de Alfa y Omega los rodearon. María del Rosario dio la orden de ejecutarlos inmediatamente, pero el soldado que se disponía a hacerlo fue abatido súbitamente bajo el fuego de un francotirador. Entraron justo entonces los hombres de Dras y rescataron a los dos miembros del Concilio. Hubo muchos disparos y soldados de ambos bandos cayeron, pero algo mucho peor había ocurrido. El enfrentamiento había atraído la atención del Heraldo de la Guerra y éste se había presentado en la localidad de Alcalá la Real.

 

Los miembros del Concilio y el Ejército de liberación que pudieron escapar del castillo se refugiaron y analizaron la situación. Tenían que detener al Heraldo de la Guerra, pero no sabían cómo. Quizás pudieran dar con un antiguo herudito del Concilio, del cual no se sabía nada desde hace años. Edwin conocía a Will y pronto supo cómo contactar con él. Su cuerpo estaba deambulando por el bosque pero su mente se había ido de vacaciones. No por ser un repudiado, sino por haber perdido todo lo que le importaba. Su familia había sido secuestrada por el Cisma y no sabía dónde buscar. Desconfiaba de todo, e incluso se estaba planteando apoyar al Cisma para así al menos poder reunirse con sus dos hijas.

 

Edwin pudo ayudarle. Utilizó su farol para dar un poco de luz a su mente y hacerle ver dónde tenían retenidas a sus dos tesoros. Pizarra. Allí tramaban algo los acólitos del Cisma. Pero lo más importante era que si lograban recuperar la cordura de Will, hallarían un método de detener a Guerra y drenarle su poder.

 

La guerra continuó durante toda la noche, pero el Heraldo hizo acto de presencia destruyendo todo cuanto encontraba a su paso, obligando a  desalojar a las fuerzas del Ejército de liberación ya que su mera presencia les hacía perder la razón y pelearse entre sí. Los soldados de Alfa y Omega eran respetado por guerra, pero éste jamás acataría ninguna orden que no proviniera de Seemax.

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