Pizarra: Guerra parte II

29/9/2017

 

Llovía en Pizarra. Pero no era agua ni nieve lo que caía del cielo, sino fuego y cenizas.

 

Dimitri pudo abatir hasta a tres soldados de Alfa y Omega desde lo alto de la torre en la que apoyaba su rifle de francotirador antes de que pudieran delatar su posición. Apenas tuvo oportunidad de salir vivo mientras los misiles del enemigo bombardeaban la estructura. Pero lo hizo, aunque no salió ileso. Alcanzó un vehículo en el que poder escapar y cuando estaba entrando, un proyectil de mortero caía justo en el habitáculo, haciéndolo explotar. Dimitri dejó de ver y lo único que podía escuchar era un constante pitido, pero aún así lo pudieron salvar.

 

El comandante Dras había movilizado a sus tropas para rescatar a su soldado, y aunque no llegaron a tiempo de librarle de sus lesiones, pudo permanecer con vida.

 

Horas después recuperó la visión.. de un ojo, ya que su mitad izquierda de la cara se había carbonizado por la explosión. No obstante, no tenía otras heridas graves a parte de las quemaduras. Cuando recuperó la consciencia se encontraba en una guarida del Concilio del Silencio en Pizarra. La guerra había explotado en ese lugar y los proyectiles cruzaban las calles.

 

Los lugareños que se refugiaban allí utilizaron su rifle desde un balcón para abatir a varios de los repudiados que les asediaban. Elías apareció allí para decirle que no encontraban a Will, se había separado del grupo durante un tiroteo. Dimitri no pudo ayudarle ya que sus heridas le convertirían en un estorbo, pero envió a dos de los mejores tiradores que habían estado practicando en el balcón para que le acompañaran.

 

Cuando encontraron a Will, éste se encontraba arrodillado frente a María del Rosario y Seemax, desplomado y sin esperanza.

 

Sin embargo, unos minutos antes ocurrió algo muy grave. María del Rosario intentaba sonsacarle la información que supiera sobre el último sello.

 

- Estamos de enhorabuena, vamos a poder avanzar un poco más en nuestro objetivo. El sexto sello es nuestro, y sé que el resto están aquí en Pizarra. El sueño que perseguimos está más cerca que nunca. - dijo María del Rosario entre risas y orgullo.

 

- Noooooooooooo, no voy a deciros nada. ¡No sois dignos de tal poder!

 

En ese momento aparecieron dos soldados de Alfa y Omega con las dos hijas de Will, quien se lamentaba mientras cambiaba su tono por uno mucho más suplicante. 

 

- ¿Qué haceis? ¿Por qué tenéis a mis hijas? ¡No les hagáis daño!

 

- A lo mejor si tu no nos ayudas... o quizás tus hijas hayan heredado el mismo don para con los sellos que tú... - Respondía juguetona María del Rosario.

 

Se acercó y abrió la cajita de madera en la que se alojaba el sexto sello. Tan sólo la presencia del sello hizo que las niñas se desplomaran y empezaran a convulsionar y a retorcerse.

 

- ¡NO! No teníais derecho, ellas no son capaces de interpretar los sellos. Dejadme llevármelas y os ayudaré a encontrar lo que buscáis.

 

En ese momento María del Rosario se acercó y al oído Will le susurró unas palabras. 

 

Fue ahí cuando Elías y Dras entraron para rescatar a Will. Las fuerzas del Cisma se alejaron sin oponer resistencia, pues ya tenían lo que querían.

 

Pero no todo estaba perdido. Mientras acontecían aquellos hechos en la plaza, Edwin pudo dar con la localización de Isaac Merino. Intentó hacerle entrar en razón y volver a ayudar al Concilio, pero éste se negó. Sin embargo, del lugar donde se escondía pudo ver unos símbolos que, a diferencia de su interlocutor, Edwin sabía cómo traducir. Los memorizó y se dirigió a una antigua iglesia, donde una sacerdotisa del Cisma que había perdido totalmente la cabeza se ocultaba. No fue difícil convencerla de que le tradujera el mensaje, aunque tampoco fue agradable para Edwin y el grupo de aventureros que le acompañaba. 

 

Aquella sacerdotisa se hallaba en un estado mental peliagudo y lo único que perseguía en ese momento era completar la boda que había comenzado a oficiar esa misma mañana. Tuvieron que encontrar al novio, que vagaba muerto y repudiado por las calles, atraerlo a la iglesia con un cubo de carne y completar la boda con una de las chicas que iba con ellos. 

 

Entonces Edwin pudo saber dónde se encontraba el sello y dio el mensaje a soldados del ejército de liberación que se encontraban más cerca para que pudieran obtenerlo antes de que aparecieran María del Rosario y las fuerzas de Alfa y Omega.

 

Sin todos los sellos, el Cisma nunca podría despertar completamente al Heraldo de la Guerra ni a ningún otro, lo que supondría un duro golpe a sus esperanzas de cumplir el sueño de un mundo nuevo.

 

Pero no todo fue luz, pues las sombras pronto apagaron el halo de esperanza que empezaba a brillar.

 

Edwin, al llegar al punto de encuentro con sus hombres, se encontró con el Heraldo de la Guerra en su camino. Un hombre ya se encontraba despedazado en el asfalto, mientras que otro intentaba huir. Guerra envió a su súbdito repudiado para que lo alcanzase, pues su velocidad no tenía parangón.

 

Ante la atónita mirada de los que se encontraban allí, el Heraldo se acercó y con su espada hizo un gesto de desafío a Edwin. Éste no sabía si combatir para darle algo de tiempo a sus compañeros y que pudieran escapar con vida o huir del lugar a toda prisa para intentar salvarse. En esos momentos, vio que el séptimo sello se encontraba aún en las manos del amputado brazo de uno de los soldados. Se acercó y lo cogió antes de encararse con el Heraldo.

 

Tenía el sello en su poder y si lo usaba para el bien podría derrotar a Guerra, pues éste aún no gozaba con todo su poder. Desenvainó su cuchilla, cargó su ballesta, se colocó el sello en forma de anillo en el dedo y se preparó para el combate.

 

En parte no se equivocaba, pues en cuanto acercó el anillo a la cabeza de Guerra, este se detuvo y expuso su cuerpo a los rápidos y profusos cortes del afilada arma de Edwin. El farol parecía brillar más fuerte que nunca cuando guerra empezó a levantarse y a recomponerse. El sello no era suficiente para hacerle caer.

 

Tras un par de ataques perezosos por parte de la espada de Guerra que Edwin pudo esquivar sin problemas, asestó un tercer golpe que chocó contra la cuchilla de su oponente. Fue entonces cuando éste subestimó el poder del Heraldo, quien empujó al miembro del concilio para enviarlo a varios metros de distancia. Fue entonces cuando de un salto increíblemente veloz se abalanzó encima de Edwin asestándole un golpe que parecía ser mortal. Susurró unas palabras y abandonó el lugar, satisfecho de haber tenido una pelea muy gratificante. 

 

El Heraldo no podía coger el sello, pero los aventureros que acompañaban a Edwin, tras ver lo grande que podía ser un Heraldo sin tan siquiera haber despertado del todo, cogieron el sello de la inerte mano de Edwin y se lo llevaron a la lideresa del Cisma. El farol brillaba pero con una luz tan tenue que resultaba del todo imperceptible.

 

Los que traicionaron al Concilio entregando el sello a sus enemigos recibieron el título de Elegidos de Pizarra y se les encomendó una misión muy peculiar...

 

 

 

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