Heraldo de la Guerra: Parte III

3/10/2017

 

La matanza es gratificante, pero el placer de ver a tus enemigos entregarte la llave de la victoria, arrodillados a tus pies es un pequeño regalo que te puede alegrar el día. Eso es lo que Guerra estaba pensando mientras contemplaba a los Elegidos de Pizarra entregar el séptimo sello a María del Rosario. Casi se habían ganado un lugar de prestigio en el nuevo mundo que el Cisma planeaba crear, pero aún faltaba una última prueba de fe.

 

Edwin no había muerto. No estaba claro si algún artilugio lo había librado de la garras de la muerte o si Guerra había perdonado la vida a aquel que le proporcionó una gratificante pelea. Pero lo cierto es que los Elegidos tenían que dar con él para convencerlo de que les ayudara en su misión.

 

Tardaron horas en encontrarle, pero al final dieron con él, oculto en la oscuridad de los árboles de un parque.

 

- ¡Edwin, estás vivo! No supimos qué hacer y nos vimos obligados a abandonar el lugar, pues Guerra había cogido el sello de tus manos y temimos que despertara y acabara con el resto.

 

- Lo cierto es que no he salido muy bien parado, pero creo que me recuperaré de esta.

 

- No pierdas la esperanza, nos hemos enterado de algo muy grande, algo que podría dar la derrota al Cisma incluso con sus siete sellos. Necesitamos que nos ayudes, pues Seemax guarda el lugar donde ocultan un arma. Un arma que puede ser utilizada en su contra.

 

- No se si puedo fiarme de vosotros, ¿pero qué otra opción me queda? Os acompañaré, pero necesitaré vuestra ayuda, pues no podré enfrentarme a Seemax en este estado. Cuando lo veáis, sujetadle entre todos. Acabaremos con su sufrimiento.

 

Emprendieron la marcha hacia la guarida donde se ocultaba Seemax. Edwin tenía ciertas sospechas, pues sabía perfectamente que Guerra nunca podría haberle quitado el sello de las manos, pero aún tenía esperanza de que estos supervivientes tuvieran algo importante para detener la Guerra y salvar la ciudad.

 

Mientras se acercaban al lugar apareció un repudiado. Era uno de los rápidos, pues sus piernas casi no sufrían deterioro alguno y de su rostro se percibía una sed de sangre insaciable. Edwin pudo apuntar su ballesta para abatirlo pero no tardó en volver a levantarse y la única opción entonces era ser más rápido que la criatura. Dos de los presentes ayudaron a Edwin a correr y pudieron esconderse tras unos escombros.

 

Se encontraban en la puerta del recinto donde se escondía Seemax. Había encontrado algo y quería utilizarlo.

 

Fue entonces cuando Edwin vio confirmadas sus sospechas. Dos de los Elegidos se acercaron a Seemax y sus palabras sonaron como una puñalada en sus oídos.

 

- Lo hemos traído como nos dijisteis, lo tenemos allí detrás.

 

- Genial, traedlo por favor, no quiero demorar ni un segundo el disfrute de lo que está por venir. Jajaajajajajaj.

 

En ese momento una chica le pidió a Edwin que la acompañara. La resignación fue el único sentimiento que invadía su ser en ese momento así que accedió.

Cuando estaban entrando no pudo dejar de ver la sonrisa que en Seemax se dibujaba mientras todos los demás agrarraron a Edwin de los hombros. -Entonces, me han traicionado.- pensó.

 

Cuando la comisura de los labios de Seemax casi parecía juntarse con sus cejas, ocurrió.

 

Todos los allí presentes soltaron a la vez a Edwin y agarraron a Seemax.

 

Edwin quedó perplejo y durante unos segundos lo entendió. El sello no era lo más importante, se lo habían entregado al Cisma por que era la mejor manera de encontrar el escondrijo de los textos que activarían los sellos para despertar al heraldo. No sólo eso, si fuesen corréctamente desencriptados, podrían incluso ser revertidas para que el efecto del ritual sobre el Heraldo de la Guerra fuese invertido, y éste perdiera todo su poder sobre el cuerpo que había poseído. Y ellos habían conseguido el lenguaje de símbolos esa misma noche.

 

Se recompuso y agarró su cuchilla. Sin dudarlo ni un segundo rebanó el cuello a Seemax, pero éste no sangraba. En ese momento descubrió que tenía delante al mismo Heraldo de la Muerte. No había despertado pero tampoco iba a dejar que acabaran con la vida de aquel que había decidido poseer. Seemax no podía morir.

 

- ¿Qué hacemos? - dijeron los elegidos, que vieron atónitos lo que acababa de no ocurrir en el cuello de Seemax.

 

- No puede morir, pero se le puede inmovilizar. Coged una cuerda y yo haré que la retención sea duradera.

 

Le ataron a un arbol y Edwin pronunció unas palabras mientras acercaba su farol a la cuerda. La luz brillaba con bastante fuerza y la cuerda se empezó a tornar de un índigo luminoso. Seemax no podía moverse ni un ápice, pero el encantamiento no duraría eternamente así que había que ser rápidos.

 

Cuando entraron al pabellón se encontraron a alguien que había estado allí toda la noche.

Una extraña chica con una voz susurrante.

 

- Hola Edwin. Hola chicos. No puedo deciros mucho ya que no tenemos mucho tiempo, pero podéis llamarme M y soy del Concilio. He estado aquí encerrada ya que me escondí cuando vi a Seemax acercarse al lugar y pude atrancar la puerta para que no pasara. Hay poco tiempo.

 

Sin dilación, se dirigieron a los pasillos que había bajo el pabellón. Allí se encontraban una serie de acertijos y combinaciones que con la ayuda de M pudieron ir desencriptando. Al fondo de un pasillo oscuro se encontraba una caja con tres candados: uno de madera, uno de hierro y uno de plata.

 

El de plata lo pudieron abrir con dinero, colocado en la cantidad justa en una caja, siguiendo las crípticas instrucciones que en ella había, se abrió una trampilla que ocultaba una ligera llave de plata.

 

El de hierro pudieron abrirlo con una llave que obtuvieron tras deslizar una tarjeta magnética sobre una cajetilla.

 

El de madera... bueno, un repudiado les pegó un buen susto cuando estaban observando el candado. No supieron si por fortuna o por que el candado tenía algo que atrajera la atención, éste ser no paró de mordisquearlo fervientemente hasta que pudo romperlo. Edwin abatió al repudiado con su ballesta y fue entonces cuando abrieron la caja.

 

En ella, como esperaban, se encontraba el ritual. En el lenguaje de símbolos que ya habían visto anteriormente. Entonces M les explicó la situación:

 

- Los que os han enviado aquí esperan que pronunciéis las palabras que aparecen en este ritual. Esto despertará por completo el poder de Guerra y la ciudad será devastada. Muchos de vosotros de sois de aquí, veréis vuestros hogares y los de vuestras familias en llamas. Pero por otra parte, existe una alternativa: podemos intercambiar los símbolos para que las palabras a pronunciar sean opuestas y contengan el mensaje que hará a Guerra abandonar el cuerpo en el que reside. Aunque no creo que quede mucho con vida del hombre que había en el cuerpo que hoy es el Heraldo de la Guerra, este ser abandonará este mundo para no volver. Pero como ya pronosticaron las almas perdidas, la decisión es vuestra.

 

Esa noche se tomó una decisión. El ritual fue entregado a María del Rosario. No habían alterado los símbolos que en el se hallaban, por lo que el Cisma pudo hacer despertar el poder del Heraldo. Las almas de los aventureros fueron tentadas y no pudieron olvidar lo que en el Cisma se les había ofrecido. Tuvieron un momento de duda cuando ayudaron a Edwin a detener a Seemax, pero quizás sólo lo hicieron para ver cómo dejaba de hablar. Además, la ayuda de dos miembros del concilio dentro de aquellas catacumbas era muchísimo más valiosa que los interminables delirios de Seemax. Sin embargo su decisión final para con el ritual nunca había cambiado.

 

Esa noche Pizarra fue devastada por la Guerra y las pocas personas de buena fe que allí quedaban tuvieron que abandonar el lugar. Edwin, Dras y M pudieron escapar con varios de sus soldados, pero 

 

Will decidió quedarse con sus dos hijas, pues si no había una manera de hacer que dejasen de ser repudiadas, sólo le quedaba unirse a ellas como todo buen padre haría.

 

Elías fue capturado por las fuerzas de Alfa y Omega y se lo llevaron en sus vehículos acorazados para un largo e intenso interrogatorio. Aún había mucho trabajo que hacer y otros tres heraldos tenían que despertar...

 

 

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